El bienestar es, en mi opinión, el equilibrio entre las distintas áreas de nuestra vida. Dichas áreas son: el área personal, familiar, de pareja, social y laboral.

Imaginemos que el bienestar es una mesa que tiene cuatro o cinco patas (en función de si tenemos pareja o no), y las patas son las áreas de nuestra vida.
Estarás de acuerdo conmigo en que la vida no es perfecta, no siempre todo va bien en todas las áreas. Por el contrario, lo que suele ocurrir es que alguna de las patas está coja. Quizá tenemos un familiar enfermo, nos preocupa que nos echen del trabajo, la relación de pareja no pasa su mejor momento, nuestro círculo social se ha reducido o la mala relación con nosotros mismos o la falta de autoestima nos está haciendo sufrir. La vida no es color de rosa, la vida muchas veces duele y necesitamos decir “qué putada lo que me está pasando”.
Hagamos zoom un momento en la idea de que la vida no es color de rosa. A menudo me encuentro pacientes que están sufriendo por un motivo u otro y que reciben feedback con frases tipo: “mañana será otro día y lo verás con otros otros, todo va a ir bien o tú puedes con todo”. No hay ninguna duda de que la intención detrás de estas frases es buena, ni que refleja el cariño implícito hacia la otra persona y que la única intención es tratar de conseguir que se sienta mejor. Seguro que a muchas personas esas frases les ayudan, sobre todo en problemas u obstáculos del día a día puede venir bien recibir un empujoncito, pero no generalicemos. Hay personas que cuando están viviendo situaciones complicadas como un duelo o una ruptura, esas frases les puede hacer sentir invalidados. Sienten que deben cortar su queja, dar un giro radical a sus emociones y pensar en positivo. Sin embargo, hay personas que lo que necesitan escuchar es algo así como: “qué putada, siento mucho que estés pasando por esto, cuéntame más”. Que haya muerto un familiar, te hayan echado del trabajo o te deje tu pareja es una putada. No sé si mañana será un mejor día o no, lo que sí sé es que ahora estás mal, estás sufriendo y necesitas sacar ese malestar. No sé si mañana lo verás con otros ojos, tampoco sé si todo irá bien o si puedes con todo, ojalá que sí, pero lo que necesitas ahora es soltarlo.
Volvamos a la idea del bienestar como una mesa con patas. La cuestión no es que una pata esté coja, porque eso nos va a ocurrir siempre en mayor o menor medida, si no qué hacemos cuando una pata cojea. Lo que me suelo encontrar es que cuando esto ocurre, en vez de poner un tope en esa pata para equilibrar la mesa, lo que hacemos es sobrecargar el resto de patas. Cuando esto ocurre se crea un efecto dominó, que termina tirando todas las piezas. Veámoslo con un ejemplo:
Imaginemos una persona que ha tenido un mal día en el trabajo. Después de dedicar muchos días, incluso semanas a hacer un trabajo que le había pedido su jefe, un compañero se ha llevado el mérito. Llega a casa fastidiada, enfadada, siente rabia y le gustaría decirle de todo a su compañero. En resumen, hoy su área del trabajo cojea. Entra por la puerta de casa y sus dos hijos de 4 y 2 años, que acaban de salir de la ducha, escuchan la puerta y van corriendo a saludarla. Ella, como está alterada, se fija en que sus hijos han mojado todo el suelo y les pega un grito. Ellos se asustan y se van a abrazar a su padre. Ella se siente fatal porque sus hijos solo querían darle la bienvenida a casa. Ahora, aparte del área del trabajo, el área familiar también está tocada. Al enfado y frustración por lo ocurrido en el trabajo, añadimos culpa y tristeza por gritar a sus hijos. Después, cuando sus hijos ya están dormidos, su marido se acerca a ella y le pregunta qué le pasa y por qué ha reaccionado así. Ella le contesta seria y cortante: “que no me pasa nada, déjame”. Se acuesta en la cama, da las buenas noches a su marido, aunque todavía con tono frío y distante. Su marido se duerme y ella se queda consigo misma. Empieza el machaque. Ahora es cuando la ansiedad hace su aparición estelar, casi se parece a una estrella de algún programa tipo Operación Triunfo, con focos y ese humo que anuncia su llegada. La ansiedad piensa: “ahora es mi gran momento”.






