ANSIEDAD

En esta página encontrarás los siguientes temas:

  1. ¿Qué es la ansiedad?
  2. ¿Cómo funciona la ansiedad?
  3. La ansiedad como fábrica de pensamientos
  4. La falta de criterio (un gran aliado para la ansiedad)
  5. El papel de la pareja/familia/amigos

¿Qué es la ansiedad?

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La ansiedad es ruido. Una conversación infinita dentro de tu cabeza, en la que se encadena un pensamiento con otro. La persona que sufre ansiedad, suele expresar que le gustaría tener un botón que le permitiera poder apagar la cabeza de vez en cuando y poder dejar de pensar.

Siempre les digo a mis pacientes que estoy en parte agradecida de tener ansiedad porque esto me permite saber, o al menos imaginar de una manera muy aproximada, lo que sienten y cómo lo viven. Hay tantos tipos de ansiedad como personas que la sufren, ya que cada persona tiene unos síntomas y pensamientos diferentes, por lo que aquí hablaré de los pensamientos más comunes que me he encontrado en personas con ansiedad. 

Mi objetivo al escribir sobre la ansiedad es, por un lado, que las personas que la sufren encuentren un texto, un lugar en el que se sientan identificadas con lo que les pasa a otras personas y que se sientan un poquito menos solas. La ansiedad nos hace creer que somos los únicos a los que nos pasa algo en concreto o que somos los únicos que pensamos o sentimos una determinada sensación. A esto lo he llamado el “egocentrismo negativo”, del que hablaremos más adelante. 

Por otro lado, mi objetivo también es ayudar a las personas que no tienen ansiedad, pero que tienen alguien cercano que si la tiene, a intentar comprender qué es la ansiedad y cómo funciona. El papel de los familiares/amigos/pareja de la persona con ansiedad es complicado, ya que muchas veces no saben qué decir o cómo actuar. Intentan ayudar pero no saben cómo, les encantaría conseguir que la persona a la que quieren deje de sufrir, pero no tienen los recursos ni la información para hacerlo. Por ese motivo es importante dotarlos de información y de herramientas para que la comunicación sea más fluida y la otra persona pueda expresar lo que necesita ellos. 

Por lo tanto, esto que escribo es también para tí, que eres pareja, hermano, madre, amigo, prima, etc, de alguien a quien quieres y a quien te gustaría entender un poco más.

¿Cómo funciona la ansiedad?

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La ansiedad es muchas cosas. Es ruido, como te comentaba antes, pero también es sentir que estás en guerra contigo mismo constantemente. Es sentir que eres tu peor enemigo, la persona que te hace bullying, que te menosprecia, que te dice lo que hiciste y lo que harás mal, y que te argumenta por qué no es buena idea llevar a cabo cualquier objetivo que sea positivo para tí. 

El objetivo principal de la ansiedad es conseguir que no te plantees objetivos y mucho menos que los lleves a cabo. En definitiva, trata de impedir que te sientas orgulloso de tí mismo por cualquier motivo. De este modo, la autoestima va disminuyendo y el autoconcepto cada vez se vuelve más negativo. Todos necesitamos tener objetivos, metas y, como no, ilusiones, cosas por las que merece la pena invertir nuestros tres grandes recursos: el tiempo, el esfuerzo y la energía . Si dejamos de tener ilusiones la vida se vuelve más gris y va perdiendo el sentido. Si lo piensas un momento, lo que más valoras en tu vida es seguramente aquello en lo que más recursos has invertido. Piensa en los grandes logros de tu vida, de cualquier tipo, ya sea personal, profesional, familiar, de pareja o social. Piensa en el esfuerzo, tiempo y energía que inviertes cada día para cuidar tu relación de pareja, o los recursos que invertiste en su día para sacarte una oposición o crear tu negocio, o incluso los que inviertes cada día para motivarte para ir al gimnasio. En resumen, todo lo que nos hace sentir orgullosos supone una inversión de estos tres grandes recursos. 

La ansiedad como fábrica de pensamientos:

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Las personas con ansiedad tienden a pensar que los pensamientos negativos los generan ellos y que para luchar contra la ansiedad tienen que luchar contra sí mismos, lo que lo complica todo. 

A menudo me encuentro pacientes que se avergüenzan enormemente de sus pensamientos intrusivos. Yo les intento trasladar que estén tranquilos, que he escuchado de todo y que sobre todo, jamás les voy a juzgar. A continuación voy a escribir pensamientos que he escuchado en consulta y también en mi vida personal.

Muchas veces lo que ocurre con este tipo de pensamientos es que la persona da por hecho que desea aquello que está pensando. Si la persona del ejemplo número 1 asume que lo que quiere es tirarse por el puente, es muy probable que piense que una parte de ella quiere hacerse daño. A continuación, comenzará a sentir miedo y a cuestionarse su vida. Si la persona del ejemplo 6 pensara que efectivamente quiere reírse en un funeral, es muy probable que comenzara a pensar que es mala persona y que no tiene empatía. En definitiva, el hecho de asumir que los pensamientos nacen de ellos, les lleva a cuestionarse a sí mismos y a pensar: “¿y si soy mala madre?, ¿y si soy mala persona?, ¿y si una parte de mi quiere hacerse daño y no lo puedo controlar?”. 

Por este motivo, es fundamental que entiendan que muchas veces detrás de un pensamiento no hay un deseo, si no todo lo contrario, hay un grandísimo miedo. Detrás de los pensamientos de los ejemplos hay un miedo atroz a morir, a perder el control, a hacerse daño, a no ser capaz de cuidar lo mejor posible a un hijo o a no ser empático o buena persona. Si le damos la vuelta de esta manera, comprendemos que hay una gran diferencia entre asumir que detrás del pensamiento hay un deseo o entender que lo que hay detrás es un miedo. La paciente del ejemplo número 5 lloraba desconsolada cuando me contaba que tenía pensamientos relacionados con hacerle daño a su bebé. Era una mujer que estaba hundida. Reflejaba una desesperación total. Acudía porque había dado por hecho que el pensamiento lo había generado ella y se sentía mala madre. Lo que en realidad estaba ocurriendo es que era una mujer que había sufrido un aborto previo, deseaba muchísimo ser madre, y ahora que tenía a su bebé, se moría de miedo de que le pasara algo. 

Lo que pasa, es que los pensamientos los convertimos erróneamente en verdad cuando les sumamos una emoción. Por ejemplo:

PENSAMIENTO
+EMOCIÓN=VERDAD
“¿Y si me río en un funeral?”+Tristeza
Miedo
=“Soy mala persona”

Sin embargo, en el ejemplo de la lotería NO hacemos lo mismo:

PENSAMIENTO+EMOCIÓN=VERDAD
“Me ha tocado la lotería”+Alegría
Sorpresa
(No has sumado estas emociones)
=(No se ha asumido como cierto)

Los pensamientos son SOLO pensamientos, nada más. Podemos tener pensamientos de todo tipo y eso no quiere decir ni que deseemos que ocurra ni que sea cierto. Muchísimas personas tienen pensamientos del estilo de los ejemplos anteriores, el problema es que no se suele hablar de estos temas. Si quieres, prueba algún día a sacar este tema de conversación con tus amigas, con tu familia o con quien tú quieras y te sientas a gusto. Pregúntales si alguna vez han tenido algún pensamiento que consideren “raro” o que les de vergüenza comentar en alto. Seguro que te das cuenta de que esto es algo muy común. Sin ir más lejos, uno de los 6 pensamientos de los ejemplos es mío (si eres o has sido paciente mío sabrás perfectamente cuál es), otro es de un familiar muy cercano, otro es de una amiga y los demás de pacientes. Solo te cuento esto para que veas que es muy muy común y que te sientas un poco menos sola. 

Ahora bien, imagino que tu siguiente pregunta es: “Vale, muy bien, entiendo que los pensamientos son solo pensamientos y que no tengo que dar por hecho que son verdad pero, ¿por qué aparecen?”

Aparecen porque la ansiedad ha ganado demasiado poder. Está campando a sus anchas por tu cabeza sin control. Ha tomado los mandos, y lo que tenemos que hacer es ir robándole ese poder poco a poco. 

Por este motivo es tan importante, en mí opinión, externalizar la ansiedad, es decir, imaginar que es algo externo que nos ataca, o por ejemplo, imaginar que es otra persona que viene a hacernos bullying. No es lo mismo defendernos de nosotros mismos que defendernos de otra persona. 

Piénsalo un momento, plantéate cualquier objetivo, ya sea cambiar de trabajo,  mejorar tu alimentación o salir de una relación en la que no eres feliz. Si tu ansiedad te lanza pensamientos tipo: “No vayas al nutricionista, total, lo vas a dejar como haces siempre. No eres constante con nada”, “¿Vas a cambiar de trabajo ahora? mejor quédate donde estás que, aunque no te gusta, es un trabajo seguro. Si te cambias van a darse cuenta de que no vales y te van a acabar echando”, o “¿Con 35 años vas a dejar a tu novio? Mejor quedate con él, que se te pasa el arroz y no vas a encontrar a otro mejor” (suena muy duro, pero estos pensamientos son reales y me los encuentro a diario en consulta). 

Imagina que, en vez de ser tú quien tiene pensamientos de este estilo, es otra persona quien te lo dijera. Imagina que viniera a tu casa alguien que te cae fatal, o incluso un desconocido en la calle que de repente te dijera: ¿Con 35 años vas a dejar a tu novio? Mejor quedate con él, que se te pasa el arroz y no vas a encontrar a otro mejor”. Alucinarías, ¿verdad? Nos nacería una especie de orgullo que nos llevaría a defendernos o, al menos, a plantearnos contestar. Eso mismo creo que hay que hacer con la ansiedad, defendernos. 

La falta de criterio (un gran aliado para la ansiedad)

Recuerdo una sesión en la que una paciente me comentaba que últimamente se sentía mala persona porque no paraba de “cagarla”. Según ella, “cagarla” significaba que otras personas se sintieran mal, se ofendieran, o se enfadaran por algo que ella había dicho o hecho.

Después de analizar un poco lo que había pasado, cómo se sentía y qué reacción habían tenido las otras personas, llegamos a la conclusión de que el problema no estaba en la conducta en sí, sino en que ella no tenía un criterio claro a la hora de clasificar sus conductas en buenas y malas, según sus valores. 

Todos, desde que somos niños, desarrollamos un criterio para clasificar nuestras conductas. Un criterio que se forma a lo largo de los años y está condicionado por nuestra cultura, estilo educativo, maneras de actuar de nuestros referentes, etc. Por ejemplo, si en tu casa te han enseñado desde pequeño que en los autobuses está bien ceder el asiento a las personas mayores, con discapacidad o mujeres embarazadas, es muy probable que incluyas esta conducta en tu “lista de cosas que está bien hacer”. Por el contrario, si desde pequeño te han enseñado que pegar en el parque a otros niños está mal, esa conducta entrará en tu “lista de cosas que está mal hacer”. Por lo tanto, si un día no dejas sentarse en el autobús a una persona mayor o eres violento o pegas a otra persona, tendrás claro que habrás actuado en contra de lo que establece tu criterio (tus valores y tus principios). En estos casos sentiremos que hay incoherencia entre nuestros valores y nuestra conducta. Ya hemos comentado anteriormente que, desde mi punto de vista, es de las cosas más desagradables que podemos sentir.

Continuemos con el ejemplo de mi paciente. En su caso, lo que le estaba provocando el malestar no era su conducta, ya que al analizarla llegamos a la conclusión de que no era responsable de lo ocurrido. Lo que le estaba generando el malestar era la reacción de la otra persona. Por lo tanto, el error en este caso era que estaba realizando la clasificación de la conducta en “buena” o “mala”, en función de la reacción del otro.  

La reacción de las personas ante determinadas situaciones depende de muchos factores. Solemos pensar, que si alguien se siente mal, se ofende o se enfada por algo que hemos hecho, es porque hemos actuado mal. Desde mi punto de vista, esto no necesariamente tiene por qué ser así. 

Una persona puede sentirse mal, ofenderse o enfadarse por algo que hemos dicho o hecho,  por muchos motivos: 

  1. Porque efectivamente hemos actuado mal de acuerdo a nuestros valores. En este caso lo que nos toca es: reflexionar, comernos nuestro orgullo (aunque se nos atragante), pedir perdón y, lo más importante, comprometernos a intentar que no vuelva a ocurrir. 
  2. Porque la otra persona tiene una falta total de autocrítica, de reflexión, de escucha activa, etc. Seguro que se te viene alguien a la cabeza que, cuando tú estás hablando, en vez de escuchar, está pensando en cómo contraargumentar. 
  3. Por su historia y sus vivencias. Cada persona tenemos nuestros propios sesgos, nuestra historia, nuestras heridas, etc. 
  4. Por sus propias inseguridades. 

Ojo, ser consciente de que no hemos actuado mal, y que el hecho de que el otro se haya sentido ofendido tiene más que ver con él que conmigo, no impide que podamos empatizar con cómo se siente. 

Si hiciéramos como mi paciente, y clasificáramos las conductas en buenas o malas en función de la reacción de los demás, claramente el haber cedido el sitio hubiera sido una conducta incorrecta, teniendo en cuenta la respuesta de la mujer. Además, si la persona tiene ansiedad y falta de autoestima, empezaría a pensar: “qué mal lo he hecho”, “no debería haberle dicho nada”, “pobrecita, ahora le he hecho sentir mal”, “no paro de cagara con todo el mundo”, etc.

Sin embargo, hay muchas explicaciones posibles de por qué la mujer pudo reaccionar de esa manera. Por ejemplo, que tenga complejo con su edad, con su físico, que esté enfadada porque ha tenido un conflicto con un familiar, que haya perdido el bus anterior y llegue tarde a algún sitio y esté alterada, o, por qué no, que sea una maleducada. Quiero matizar que, en el ejemplo, la persona que le ha cedido el sitio lo ha hecho muy amable y educadamente. En este ejemplo, lo ideal sería hacer lo mismo, ceder el asiento si nuestros valores así lo indican, y ante la reacción de la mujer, seguir pensando que hemos hecho lo correcto y que su reacción puede tener que ver con mil motivos ajenos a nosotros. Recordemos que lo más importante es que haya coherencia entre nuestros valores y nuestra conducta. Además, ¿no sería tremendamente injusto sentirnos mal o culpables por haber actuado correctamente?

El papel de la pareja/familia/amigos

Como hemos comentado antes, el papel que tienen las personas que rodean a alguien con ansiedad no es sencillo. Tratan de ayudar a la persona a sentirse mejor y lo hacen con su mejor intención. El problema es que a menudo suelen dar por hecho que la mejor manera de ayudar al otro es hacer lo que a ellos les gustaría que hicieran con ellos, es decir, proyectan en el otro. Proyectar en el otro consiste en dar por hecho que la otra persona funciona igual que nosotros, es decir, atribuir a otra persona lo que nosotros pensariamos, sentiríamos, querríamos o necesitaríamos si estuviéramos en su situación. 

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A menudo me encuentro frases del tipo: “pero esque yo sé que estaría mejor si pudiera llevarle la sopa que le he hecho”, “aunque no quieras, te voy a poner la manta que ya verás que vas a estar mejor”. También suele ocurrir que la persona que es atendida por el otro, aunque no de la manera que le gustaría, no le explica a la otra persona lo que realmente necesita. Se sienten mal, egoístas o culpables, por decirle a su pareja que no quieren la sopa o que no quieren que les vaya a visitar porque creen que se sentirán mal. A mis pacientes trato de explicarles que es precisamente al revés. Explicarle al otro cómo funcionamos y qué necesitamos es un regalo, es un manual de instrucciones que les va a permitir acertar siempre. ¿No es eso lo que nos gustaría, asegurarnos de que le damos al otro exactamente lo que le va a ayudar a sentirse mejor?

Este ejemplo nos sirve para entender que es mucho más sencillo ser transparente, comunicar lo que necesitamos en determinadas situaciones y así ayudamos al otro a acertar y a generar un aprendizaje sobre nuestro funcionamiento. 

Es tan sencillo como hacer la pregunta mágica: ¿Puedo hacer algo para ayudarte a sentirte mejor? Con esta pregunta aciertas seguro y le ofreces a la otra persona la oportunidad de expresar lo que realmente necesita. 

Soy Gracia

Bienvenido/a a mi blog. Aquí encontrarás recursos que utilizo con mis pacientes en terapia. ¡Espero que te ayuden!

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