Poner límites en terapia: autocuidado, ansiedad y relaciones
Los límites son, en mi opinión, uno de los grandes “temazos” en terapia. Poner límites a otra persona o a nosotros mismos es mucho más que decir que no. Es síntoma de autoestima, es decirme a mí mismo que lo que siento, quiero y necesito es importante.
Poner límites implica respetarnos a nosotros mismos, por lo que aprender a ponerlos es fundamental para aumentar la autoestima. El autocuidado es dedicar tiempo y energía a dar valor a nuestros sentimientos y dar respuesta a nuestras necesidades.
Poner límites implica:
- Capacidad de análisis para reconocer aquello que nos genera malestar.
“Qué me está ocurriendo? ¿Por qué cada vez que esta persona actúa de ese modo siento malestar? - Cierta autoestima para darle importancia a lo que nos está sucediendo.
“No quiero ni merezco sentirme así” - Compromiso con nosotros mismos para cambiar la situación.
“Me prometo a mi mismo que voy a hacer algo al respecto” - Dedicar tiempo a darnos lo que necesitamos para sentirnos mejor. (Autocuidado)
“Voy a hablar con esa persona y voy a decirle cómo me siento y que no quiero que siga actuando así” o “no quiero seguir teniendo relación con esa persona”.
Mi experiencia en consulta con los límites:
En consulta me encuentro a diario pacientes con unas dificultades enormes, no sólo para establecer los límites, sino también para imaginarse poniéndolos.
Suelen ser personas complacientes. Personas que en algún momento de su vida, a menudo en la infancia, recibieron el mensaje de que lo que los demás sentían, querían o necesitaban era más importante. Tienden a ser muy cuidadoras y a establecer relaciones unidireccionales. Escuchan, atienden y complacen al otro, pero no hay espacio para que ellos demanden atención y escucha. También tienden a sentirse egoístas con solo plantearse pedir ayuda o expresar a los demás cómo se sienten.
Una paciente me contaba hace poco que cuando estaba con sus amigas nunca contaba nada sobre cómo estaba ella, a no ser que alguien le preguntara directamente. Comentaba que le parecía egoísta demandar ese espacio de la conversación.
Tenía pensamientos tipo:
“Si les cuentas cómo estás les vas a obligar a escucharte aunque no les apetezca”
“¿Por qué crees que a alguien le interesa lo que vas a contar?”
Lo que ocurría en este caso, era que ella proyectaba sobre los demás lo que ella pensaba de sí misma.
Un perfil de persona como esta paciente, es muy probable que no se sienta cómoda y que tenga dificultades para decir que no a alguien.
La ansiedad dificulta poner límites:
Es muy común que la dificultad para poner límites esté directamente relacionada con la ansiedad.
El obstáculo que suele aparecer es la preocupación por cómo la otra persona se va a sentir o por cómo va a reaccionar.
Los pacientes tienden a “proteger” a la otra persona del malestar que creen que podría provocarles su límite. A estos pacientes tiendo a preguntarles por qué infantilizan a la otra persona.
Casi siempre se me quedan mirando como diciendo, “¿cómo? si yo no le infantilizo”.
A continuación, les comento que de algún modo sí lo hacen, ya que consideran que la otra persona no va a ser capaz de gestionar las emociones que va a provocar su límite.
Sin embargo, si vieran a la otra persona como un adulto capaz de gestionar sus emociones y de integrar su mensaje, no tendrían que protegerle.
El hecho de anticipar lo que va a ocurrir después de poner el límite supone un obstáculo para poder transmitir el mensaje de manera clara y con tranquilidad.
A menudo, la preocupación de las personas a la hora de poner límites está relacionada con pensamientos tipo: “la otra persona se va a enfadar”, “le vas a hacer daño”, “va a querer cortar su relación contigo”, etc.
Ejemplo:
“Poner límites es como correr una carrera de relevos. El atleta lo único que tiene que hacer es correr lo más rápido y mejor posible hacia su compañero, y entregarle el relevo también de la mejor forma posible. Si el atleta mientras corre va pensando que no va a darle el relevo a su compañero de forma adecuada, que su compañero no va a correr bien, que se va a caer, o que no le va a dar la gana de esforzarse y van a perder la carrera, no va a estar centrado en lo que tiene que hacer, que recordemos que es únicamente correr lo mejor y más rápido posible”.
Cuando queremos poner límites a alguien pasa lo mismo. En este caso, el límite o mensaje que queremos transmitir es como el relevo.
Nuestro objetivo es transmitir el mensaje de la mejor manera posible, es decir, con educación, respeto y asertividad. Lo que la otra persona haga con el mensaje deja de ser asunto nuestro. Si el compañero recibe el relevo y en lugar de correr decide sentarse, o no esforzarse, eso no tiene que ver con nosotros.
Si transmitimos un mensaje con educación y respeto y el otro se ofende, se enfada o simplemente se lo toma mal, deja de ser asunto nuestro.
Nuestro papel termina cuando entregamos el mensaje.
Variables que influyen en cómo las personas reciben los límites:
El mensaje se debe transmitir con los tres ingredientes necesarios:
EDUCACIÓN, RESPETO y ASERTIVIDAD.
Si el mensaje se ha transmitido con los tres ingredientes, la manera en que los demás lo encajen, tiene que ver con un montón de cosas que nada tienen que ver con nosotros.
La manera en que una persona recibe un límite tiene que ver con:
- Su capacidad de autocrítica
- Su capacidad de reflexión
- La capacidad de análisis
- Su empatía
- Su capacidad de escucha activa
Es importante tener en cuenta que nada de esto tiene que ver con nosotros, igual que deja de ser asunto nuestro lo que el compañero de relevos decida hacer cuando se lo entreguemos.







