Recuerdo una sesión en la que una paciente me comentaba que últimamente se sentía mala persona porque no paraba de “cagarla”. Según ella, “cagarla” significaba que otras personas se sintieran mal, se ofendieran, o se enfadaran por algo que ella había dicho o hecho.

Después de analizar un poco lo que había pasado, cómo se sentía y qué reacción habían tenido las otras personas, llegamos a la conclusión de que el problema no estaba en la conducta en sí, sino en que ella no tenía un criterio claro a la hora de clasificar sus conductas en buenas y malas, según sus valores. 

Todos, desde que somos niños, desarrollamos un criterio para clasificar nuestras conductas.

El criterio que se forma a lo largo de los años y está condicionado por nuestra cultura, estilo educativo y la maneras de actuar de nuestros referentes.

Por ejemplo:

Si en tu casa te han enseñado desde pequeño que en los autobuses está bien ceder el asiento a las personas mayores, con discapacidad o mujeres embarazadas, es muy probable que incluyas esta conducta en tu “lista de cosas que está bien hacer”.

Por el contrario, si desde pequeño te han enseñado que pegar en el parque a otros niños está mal, esa conducta entrará en tu “lista de cosas que está mal hacer”.

Por lo tanto, si un día no dejas sentarse en el autobús a una persona mayor o eres violento o pegas a otra persona, tendrás claro que habrás actuado en contra de lo que establece tu CRITERIO (tus valores y tus principios). En estos casos sentiremos que hay incoherencia entre nuestros valores y nuestra conducta. Ya hemos comentado anteriormente que, desde mi punto de vista, es de las cosas más desagradables que podemos sentir.

Continuemos con el ejemplo de mi paciente. En su caso, lo que le estaba provocando el malestar no era su conducta, ya que al analizarla llegamos a la conclusión de que no era responsable de lo ocurrido.

Lo que le estaba generando el malestar era la reacción de la otra persona. Por lo tanto, el ERROR en este caso era que estaba realizando la clasificación de la conducta en “buena” o “mala”, en función de la reacción del otro.  

La reacción de las personas ante determinadas situaciones depende de muchos factores. Solemos pensar, que si alguien se siente mal, se ofende o se enfada por algo que hemos hecho, es porque hemos actuado mal. Desde mi punto de vista, esto no necesariamente tiene por qué ser así. 

Una persona puede sentirse mal, ofenderse o enfadarse por algo que hemos dicho o hecho,  por muchos motivos: 

  • Porque hemos actuado mal de acuerdo a nuestros valores. En este caso lo que nos toca es: reflexionar, comernos nuestro orgullo (aunque se nos atragante), pedir perdón y, lo más importante, comprometernos a intentar que no vuelva a ocurrir. 
  • Porque la otra persona tiene una falta total de autocrítica, de reflexión, de escucha activa, etc. Seguro que se te viene alguien a la cabeza que, cuando tú estás hablando, en vez de escuchar, está pensando en cómo contraargumentar. 
  • Por su historia y sus vivencias. Cada persona tenemos nuestros propios sesgos, nuestra historia, nuestras heridas, etc. 
  • Por sus propias inseguridades. 

Ojo, ser consciente de que no hemos actuado mal, y que el hecho de que el otro se haya sentido ofendido tiene más que ver con él que conmigo, no impide que podamos empatizar con cómo se siente. 

Para explicar esto suelo utilizar el siguiente ejemplo:

Si clasificáramos las conductas en buenas o malas en función de la reacción de los demás, el haber cedido el sitio hubiera sido una conducta incorrecta, teniendo en cuenta la respuesta de la mujer.

Además, si la persona tiene ansiedad y falta de autoestima, empezaría a pensar:

– “Qué mal lo he hecho”.
– “No debería haberle dicho nada”.
– “Pobrecita, ahora le he hecho sentir mal”.
– “No paro de cagarla con todo el mundo”.

Sin embargo, hay muchas explicaciones posibles de por qué la mujer pudo reaccionar de esa manera. Por ejemplo, que tenga complejo con su edad, con su físico, que esté enfadada porque ha tenido un conflicto con un familiar, que haya perdido el bus anterior y llegue tarde a algún sitio y esté alterada, o, por qué no, que sea una maleducada.

Quiero matizar que, en el ejemplo, la persona que le ha cedido el sitio lo ha hecho muy amable y educadamente. En este ejemplo, lo ideal sería hacer lo mismo, ceder el asiento si nuestros valores así lo indican, y ante la reacción de la mujer, seguir pensando que hemos hecho lo correcto y que su reacción puede tener que ver con mil motivos ajenos a nosotros.

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